#RelatosDeUnaMadreExtranjera | Relatos de una madre extranjera

Ingrid Chalita relatosdeunamadre@gmail.com

Ingrid Chalita
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Amanece. Abro los ojos desorientada. Me asomo a la ventana y encuentro una montaña, como la mía, pero no verde sino azul.  Restriego mis ojos -aún incrédula- y me doy cuenta que hace años no estoy allá en “La novia del Sultán”, sino aquí, en la “Ciudad donde nunca pasa nada”. Por dentro, estoy vuelta un torbellino, viviendo un constante descontexto, pero aún así, pasa el tiempo exigiéndome reconocer como propia la montaña azul que veo en la mañana y rodea mis días.

Once años han pasado desde que llegamos cuatro de nosotros cinco. Cada uno con dos maletas, (menos yo que traía tres, una imaginaria, pero la que más pesaba). En ella guardé afectos, momentos, despedidas, renuncias, miedos, las esperanzas de que, pasados los años, no me confesara equivocada. También allí venían mis esperanzas de volver.

El país escogido por nosotros no me era extraño, era mi tercera vez viniendo a vivir a estas tierras. Pero era la primera vez que esa venida no tenía fecha de regreso formal. En secreto, guardaba la palabra regreso, aunque ya mi esposo me había advertido era un paso sin retorno.

Retorno, es la desdichada idea del que tiene esperanza que todo va a cambiar para volver a lo que fue. Retorno, es un espacio que guardamos en nuestra memoria, mientras vivimos un presente que nos involucra y nos termina ¿Por qué no? enamorando. Porque es nuestra vida misma,

Presente que también acumulo en mi maleta imaginaria para vol- verse, en un principio, un mientras tanto, y luego simplemente pa- sado, experiencia, vivencias, lo que quiero que permanezca cuando ya yo no pueda estar.

Mis últimos once años  han transcurrido en 4 ciudades: Miami, FL. Charlotte, NC.  Charlottesville, VA y la única constante, Caracas, Venezuela. Once años y un miembro más en mi familia, una pequeñita quien desde que se formó en mi vientre siempre pareció decirme “Es cuestión de tiempo Mami. No va a ser fácil, pero tampoco difícil, ya verás.”

Y pensar que mis sentimientos son tan lugar común que aún sin saberlo, mi vecino, la señora  que vende el pan, aquél que me encuentro todas las mañanas para darles los buenos días y mi mismo esposo -aunque no lo quiera confensar- sienten esa pena escondida y trabajan la esperanza de reinventarse en la distancia.

Bajo ya malhumorada a preparar el café, deseando que su olor me acerque a la brisa tibia con rocío de agua salada que sentía cuando Papá me dejaba navegar en la popa de la lancha. Brisa que no llega nunca porque estamos en medio de Las Montañas Apalaches. A-pa-la-ches. Las tengo enfrente pero me suenan a lejos, porque me niego a pensar que Los Andes son para mis hijos algo extraño. Es como ver la geografia en tercera persona, negando lo que veo y añorando lo que dejé, sin dejar de maravillarme.

Volteo y veo unos ojos enormes y una sonrisa que es mi delicia, quizas por ser la más nueva de todas las que hay en casa. Y de sus labios suavemente sale “La bendición Mami”. Le doy gracias a Dios por que  me regala esas palabras, tan mías, tan de donde soy y que ella apenas conoce. Luego otro pedido de bendición se hace  escuchar de la escalera y una maraña de cabellos me rodea con sus brazos, Sólo pienso que ellas, junto a mi hijo mayor, que ya no está en casa, son las anclas de mi nueva vida, aunque me anclaron muy lejos de mi orilla.

Este espacio es para confesarles mis vivencias, las vivencias de una mamá extranjera, una cualquiera, la que me topé en el colegio de mi infancia, la que soy sin proponérmelo, para contarles mis momentos de alegrías, tristezas e incertidumbres, (que estoy muy segura que no son muy distintos a los de quienes me leen), momentos que nos unen a muchos sin saberlo. Este espacio es un viaje por mis once años pasados y los momentos que tengo presente como Mamá de tres, Esposa e hija que está lejos.

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